miércoles, 30 de julio de 2008
 
Continuamos subiendo algunos interesantes artículos del boletín Salesiano del mes de Julio
                                     




Vivimos en una sociedad pluralista y compleja. Hace cincuenta o sesenta años la sociedad tenía una visión más unitaria de ciertos problemas. Las cosas ya no funcionan así. Hoy, los puntos de vista sobre cualquier tema son muy dispares. Sobre cualquier cuestión yo puedo tener una opinión y el vecino de enfrente otra diametralmente contraria. Si esto es así para cualquier tema, no puede serlo menos para el deporte.

Cuando yo pronuncio la palabra deporte, mis interlocutores pueden estar pensando en cosas muy diferentes entre sí, según sean sus intereses o puntos de vista: ejercicio físico, negocio, pasión, espectáculo de masas, liberación de tensiones, educación… Y es que sin duda, en la sociedad en la que vivimos, el deporte es una realidad poliédrica, que puede verse de maneras muy diferentes.

Diferentes perspectivas
Para algunos el deporte es un negocio. Es una actividad que mueve dinero a pequeña o a gran escala. Esto no necesita explicación en el ámbito de la gran competición, donde asistimos estupefactos a salarios desorbitados, fichas millonarias, contratos publicitarios a años luz de la economía del común de los mortales. Pero también a un nivel más próximo a nuestras realidades cotidianas, existe esta mentalidad mercantil unida al extenso mundo del deporte. Y es que el tiempo libre, en esta sociedad de compra-venta en la que vivimos, está dejando de ser un espacio para el voluntariado, para convertirse en un campo más del mercado. Los padres demandan actividades que tengan a sus hijos ocupados hasta la hora en que vuelven a casa tras la jornada laboral o en ese incómodo mes de julio en el que los niños ya disfrutan de unas vacaciones que los padres aún esperan.  Ahí aparecen las empresas de tiempo libre ofreciendo campus deportivos, deportes de multiaventura y un amplio abanico de posibilidades que satisfagan las necesidades del cliente.

Para otros, el deporte es un contrapeso de la vida diaria. En un mundo de carreras, de estrés, de prisas… el deporte sirve para aliviar la tensión de la semana. Un poco de ejercicio además, sirve para mantenerse en forma y poder cumplir con los exigentes parámetros de estética que marca una cultura obsesionada con la belleza, el culto al cuerpo y la apariencia. Prolifera el «deporte de gimnasio» destinado a eliminar michelines o a sacar la suficiente musculatura para estar a la altura de la estética postmoderna.

Por último, para algunos el deporte es un juego, simplemente un juego libre y espontáneo en el que se pueden desarrollar las capacidades que la persona lleva dentro. Y se trata de un juego organizado, con unas normas, unos roles, unas tácticas, unos objetivos. La suma de la espontaneidad del juego con la organización connatural a la práctica deportiva es la que otorga al deporte la condición de ser un privilegiado lugar educativo que puede ayudar a quien lo practica a crecer, mejorar su autoestima y relacionarse con los demás.

En este caso no se practica deporte para enriquecer a la institución organizadora, ni para que los chicos descarguen la tensión acumulada en clase, ni para fomentar una cultura de «cuerpos danone», donde los gordos parecen condenados a la marginación de la «sociedad del lifting». Se hace deporte para educar jugando y se juega para aprender disfrutando. Esta es la propuesta deportiva que se ofrece en tantos colegios y clubes salesianos y que voy a intentar explicar.


Publicado por columnero @ 23:08
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