Continuamos con este interesante artículo publicado en el boletín Salesiano del mes de Julio.
Sociedad en miniatura Estoy convencido de que uno de los valores más importantes de la práctica del deporte de equipo, consiste en que a través de la dinámica de entrenamientos semanales y competición anual, se puede educar a los chicos de las diferentes edades para la vida en sociedad.
Un equipo es como una sociedad en miniatura. En él hay diferentes roles y todos tienen que aceptar el suyo. La autoridad, esa palabra tan desprestigiada hoy en día, es esencial para un desarrollo normal de la competición. ¿Qué sería de un partido si los jugadores no respetasen la autoridad del propio entrenador o del árbitro que dirige el encuentro?
Las reglas, tan difíciles de asumir en otros campos de la vida familiar y escolar de los adolescentes, se ven de forma más natural en la práctica deportiva. De forma evidente aquellas reglas oficiales impuestas por el reglamento de la competición, y de forma consensuada aquellas internas que el hábil educador sabe proponer para la buena marcha de un grupo que semanalmente comparte juego. Hacer pasar a los chicos de asumir unas reglas válidas para la práctica deportiva a respetar las normas básicas de convivencia en sociedad es el mejor favor que un educador deportivo puede hacer a la sociedad civil.
Pero hay más. Los adultos saben muy bien que en la vida no se consigue todo lo que se quiere o se sueña, que poco se alcanza sin esfuerzo, que en la vida familiar y profesional hay que convivir con límites que frenan el utópico sueño de los deseos… Los deportistas se enfrentan semanalmente a entrenamientos encaminados a mejorar sus resultados a final de una temporada en la que no todos pueden quedar campeones. Se esfuerzan como un equipo para unir cualidades de cara al mejor resultado posible, conviven con sus propias limitaciones, individuales y grupales, que un buen entrenador les habrá hecho ver, no para desilusionarlos, sino para hacerlos crecer desde el realismo del que se conoce a sí mismo y no pretende ser quien nunca podrá ser. De esta forma, el deporte puede educar a una cultura del esfuerzo, de la convivencia y la cooperación. Puede servir para asumir el necesario equilibrio entre deseos y límites, tan problemático en otras esferas de la vida y, sin embargo, único espacio real para alcanzar la felicidad.
Un estilo educativo Don Bosco en el siglo XIX puso en marcha un sistema educativo centrado en la persona del joven. En un ambiente de acogida incondicional y de alegría compartida, transmitió un estilo pedagógico en el que el educador creía en las posibilidades de cada uno de los muchachos desde un cariño no sólo vivido sino también demostrado. Esta experiencia pedagógica, que él denominó sistema preventivo, partía de una visión creyente de la existencia y de una antropología positiva en la que la razón y el amor sustituían a la amenaza y a la imposición, tan extendidas en las prácticas pedagógicas de la época.
El deporte salesiano bebe de esta fuente pedagógica y por ello se presenta como un instrumento privilegiado para educar en la prevención. Ante tantos riesgos que acechan la vida de los jóvenes, el deporte pretende inculcar hábitos de vida sana que fomenten la autoestima y una visión positiva de uno mismo.
Esta oferta, tiene que ser popular por definición. Todo el mundo tiene que tener un hueco en esta propuesta en la que el deporte es visto como una forma privilegiada de crecer como personas y donde tal vez el que más lo necesita, no es el mejor dotado técnicamente.
Entendido desde esta perspectiva pedagógica, el deporte ocupa un puesto en el universo de intereses de la vida del joven que hay que potenciar armonicamente: estudios, amigos, familia, hobbies… El educador deportivo tiene que ayudar al chico a armonizar sus compromisos con el grupo, con otras dimensiones de su propia formación, tan importantes o más que la práctica deportiva. Debe saber que la vida del chico no termina en la cancha. Para ello, es importante que exista una coordinación entre los diferentes agentes educativos que intervienen en la vida de los muchachos: padres, escuela, club, centro juvenil… Ni los estudios deben ser un enemigo de la práctica deportiva, ni el deporte el gran problema para los estudios.
Ofrecer valores
En una sociedad donde el tejido asociativo ha ido perdiendo fuerza, el deporte es aún un gancho que congrega a cientos de jóvenes en torno a una institución educativa. El deporte no es educativo sin más, somos las personas, las que podemos hacer que en torno a esta actividad se ofrezcan valores que ayuden a la persona a crecer.
¡Cuántos espectáculos lamentables damos los padres y los entrenadores a nuestros chicos los fines de semana, cuando lo único que les ofrecemos son gritos, insultos y pérdidas de control! Que en muchas ocasiones no lo consigamos, no significa que los recursos dejen de estar ahí, a nuestra mano, para conseguir que según las posibilidades de cada uno, los miles de muchachos que practican deporte en el ámbito salesiano, crezcan y maduren como personas en un ambiente espontáneo y organizado, rico en valores y rico en humanidad.